poster

La soga (1948)

7.9 | mar. 11, 1948 (US) | Suspense, Crimen, Drama | 01:20
Presupuesto: 1 500 000 | Ingresos: 2 200 000

Nada jamas lo sostuvo como la soga de Alfred Hitchcock

A casa de dos estudiantes van llegando los invitados a una especie de fiesta de fin de curso. El invitado que más temen es su tutor y profesor, un astuto criminólogo que sostiene que el crimen perfecto no existe, aunque ellos se han propuesto demostrar lo contrario. En efecto, con su llegada crece cada vez más la tensión y el nerviosismo de los jóvenes. Y no es para menos, porque tienen un cadáver encerrado en el arcón que sirve de mesa para la cena. Cuando, al final de la fiesta, profesor y alumnos se quedan solos, los errores y contradicciones en que éstos incurren son tales que el profesor empieza a comprender que han asesinado al joven invitado que han estado esperando en vano toda la noche.

Equipo destacado

Producer, Director
Screenplay
Adaptation
Additional Writing
Art Direction
Camera Operator
Music Director
Set Decoration
Color Designer

Reparto

profile
James Stewart
Rupert Cadell
profile
John Dall
Brandon Shaw
profile
Farley Granger
Phillip Morgan
profile
Cedric Hardwicke
Mr. Henry Kentley
profile
Constance Collier
Mrs. Anita Atwater
profile
Douglas Dick
Kenneth Lawrence
profile
Edith Evanson
Mrs. Wilson
profile
Dick Hogan
David Kentley
profile
Joan Chandler
Janet Walker
profile
Alfred Hitchcock
Man Walking in Street After Opening Credits (uncredited)

Reseñas

avatar
Nochvemo
9 | jun. 20, 2025
**Inventando un estilo** Hitchcock fue uno de los grandes maestros del cine mundial, y técnicamente ha influido a muchos cineastas contemporáneos como Claude Chabrol, François Truffaut o Brian de Palma. Su prolífica producción fílmica la combinó con la edición de novelas fantásticas, producciones televisivas y relatos de suspense. Le preocupaba mucho la forma en que debía contar las historias, en cómo tenía que marcar el estilo narrativo. Su carácter de experimentador e inventor de formas le llevó a explotar como pocos las posibilidades del cine llegando, sin duda, a la verdadera creación artística. De esa audaz experimentación cinematográfica nació “La soga”, un estudio brillante de la tensión psicológica y del suspense que le dio no pocos quebraderos de cabeza, por estar concebida enteramente en un solo plano secuencia. Tras acabar el montaje y la edición de “La soga”, el propio Hitchcock acabó tan harto de la técnica utilizada que llegó a descartarla como una obra importante o trascendente en su carrera. Afortunadamente, no podía estar más equivocado. "La Soga" es un fascinante y perturbador estudio psicológico que profundiza en la mente de dos jóvenes universitarios de clase alta, Brandon Shaw y Philip Morgan, y las complejas motivaciones que los llevan a cometer un asesinato supuestamente perfecto. El drama se desarrolla prácticamente en tiempo real, lo que intensifica la sensación claustrofóbica del entorno. Brandon es la figura dominante, un individuo profundamente narcisista que se cree por encima de las normas morales y legales. Su motivación principal no es la ira o el beneficio, sino la afirmación de su propia "superioridad intelectual" sobre los demás. Ve el asesinato como un acto artístico y una demostración de su “intelecto privilegiado”, inspirado por las teorías nietzscheanas del "superhombre", malinterpretadas y llevadas a un extremo perverso. Philip, por su parte, es un ególatra más pasivo, pero igualmente se deleita y se adhiere a la idea para ser parte de un acto que lo distinga de la “gente vulgar y corriente”. La relación entre Brandon y Philip es claramente disfuncional, y posee una dinámica sadomasoquista. Brandon ejerce un control absoluto sobre Philip, quien es más débil y propenso a la ansiedad. Philip se muestra atormentado por la culpa y el miedo, mientras que Brandon disfruta manipulándolo y observando su sufrimiento. Esta dependencia mutua, donde uno ejerce el poder y el otro lo acepta a regañadientes, es un pilar central de su patología compartida. La cuerda (soga), que sirve como el arma del crimen, así como el propio contenedor del cuerpo, son también una metáfora de los lazos asfixiantes y destructivos que los unen. Aunque nunca se explicita directamente (quizás debido a las restricciones de la época), la película está impregnada de un fuerte subtexto homosexual. La naturaleza íntima y co-dependiente de la relación entre Brandon y Philip, su vida juntos en el apartamento y la intensidad de sus interacciones, sugieren una relación que va más allá de la amistad platónica. El crimen puede ser interpretado, en parte, como un acto de transgresión y una manifestación de su aislamiento social, así como un intento de reafirmar su identidad en un mundo que podría no aceptarlos. La represión de su sexualidad (o la incapacidad de expresarla abiertamente) podría contribuir a la tensión psicológica que desemboca en un acto de violencia. Tanto Brandon como Philip demuestran un inquietante desprecio por la vida humana. Para Brandon, el asesinato es un juego, un experimento intelectual. Para Philip, aunque inicialmente más reticente, la deshumanización de su víctima le permite racionalizar el acto y soportar la culpa. La frialdad con la que discuten y ocultan el cuerpo es un reflejo de su alejamiento de la empatía y de la moralidad. La llegada de Rupert Cadell, el antiguo profesor de los jóvenes, invitado a un aperitivo social junto a la familia de la víctima y su prometida, básicamente para regocijarse en secreto de sus actos, es un catalizador crucial. Rupert es, en cierto modo, el “ídolo” intelectual que Brandon intenta emular. A medida que Rupert comienza a sospechar del crimen, se convierte en una figura que confronta la vanidad y la patología de Brandon. Su presencia desestabiliza a Philip, exacerbando su ansiedad y llevándolo al borde del colapso, lo que finalmente desenmascara el crimen. Rupert encarna la conciencia y la razón, contrastando con la oscuridad irracional de los asesinos. La técnica del plano secuencia único obligaba a patrones de trabajo poco o nada utilizados en la ortodoxia artística del momento. La posición de los actores estaba continuamente marcada con tizas de colores en el suelo, para que cada uno supiera siempre dónde debía estar situado. Todo tenía que salir perfecto a la primera, y eso podía resultar muy frustrante para alguien como Hitchcock, tan perfeccionista en sus premisas. El cambio del carrete de la película debía efectuarse en momentos muy concretos de la trama, pues la única manera de mantener vivo el plano era acercándose con el zoom hacia el traje oscuro de cualquier actor, y después recuperar la secuencia saliendo de ese mismo plano. Los cambios de carrete eran los únicos momentos de pausa para el descanso del quipo técnico y los actores, pero nadie podía irse muy lejos porque al volver a escena era imprescindible colocarse exactamente en la misma posición que habían abandonado, y con exactamente el mismo semblante en sus rostros y lenguaje corporal. La tensión en el plató se podía mascar. La cámara se mueve con fluidez por el apartamento, y revela poco a poco los nervios a flor de piel de los asesinos y las crecientes sospechas. Cada movimiento, cada silencio, cada diálogo está meticulosamente orquestado para aumentar la tensión de manera implacable. No hay escapatoria para el espectador, está atrapado en la misma habitación que los protagonistas, y siente esa misma opresión.